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Por Pablo Cateriano

Abril 24, 2024

Almuerzo soñado

Verano de 1978. Universidad de Lima. Pabellón C. Clase de Lengua I. Horario: martes y jueves de seis a nueve de la noche. Profesor: Eduardo Zapata. Ahí empezó todo.

Era un grupo de cincuenta estudiantes aproximadamente. Todos repitentes. Todos con ganas de aprobar y no llevarlo por una temida tercera vez, cosa que podría provocar una expulsión de ser desaprobados. Así es que ganas de estudiar había. Y para suerte nuestra también había un gran profesor: Eduardo Zapata.

Eduardo nos tomaba exámenes empezando todas las clases. Imposible entonces no llegar siempre preparados. Imposible entonces estudiar solo para el parcial o el final. En las clases, además de un conocimiento descomunal de la materia, siempre provocaba preguntas, alentaba debates y aun polémicas. Imposible aburrirse. Y, el primer día, formó grupos que se encargarían de “editar” publicaciones (revistas o diarios). Imposible no hacer amigos. Es más, creo que es la clase en la que hice más amigos en toda mi época universitaria.

Cuando me tocó ser profesor de Introducción al Periodismo en la USIL hice exactamente lo mismo que él. Por cinco años. Exámenes, preguntas, trabajo grupal.  

Hace unos años, en un café, le comenté de mi audacia. Es decir, que tomé su modelo de enseñar. Le dije también que sus clases me atraparon tanto que sin duda es el mejor profesor que tuve. Ayer, almorzando en casa, se lo volví a decir. Solo que esta vez en compañía de mi esposa Milagros y mis cuatro hijos. Un generoso comentario suyo en Facebook a propósito de la publicación de mi primer libro, El arte de ser y parecer, me motivó a escribirle y a decirle que me encantaría obsequiárselo y que acaso podríamos volver a juntarnos a tomar otro café. Pero fue mejor decirle que venga a casa. Y mejor aún que aceptara. Sin duda, el recuerdo que tenía de él y sus clases me despertaban un gran interés en verlo y compartir con él la satisfacción de haber escrito un libro.

Eduardo llegó a casa con el último de sus libros, Nómadas electronales, «una investigación que explica —desde la semiótica y con el apoyo de las neurociencias— cómo la palabra electrónica redefine interacciones sociales, instituciones y afirma nuevos modos de producir sentido que se ven plasmados en las escrituras de niños y jóvenes». Se trata del sexto en coautoría con Juan Biondi. Yo lo esperaba con el mío. Tras el breve intercambio empezamos a hojear y comentar.

Ya luego en la mesa, con esa voz gruesa que lo caracteriza, Eduardo nos recordó que fue alumno del genial semiólogo, filósofo y escritor italiano Umberto Eco. Lo logró gracias a una audacia, pues según nos contó le escribió una carta apenas empezaba sus estudios de doctorado en la PUCP, sin imaginar que él mismo le contestaría y que luego lo aceptarían en la Universidad de Bologna, famosa, entre otras cosas, por ser considerada la más antigua del mundo (fundada en 1088) y contar con la Escuela Superior de Estudios Humanísticos, que el propio Eco fundaría en el año 2000. Cuando Eduardo llegó a Bologna, Eco aún no había publicado su más famosa novela, El nombre de la rosa (1980), pero sí uno de sus ensayos más populares y difundido en todas las facultades de Comunicación del mundo, Apocalípticos en integrados (1964), según el cual, ante el avance de los medios y la tecnología asociada a ellos, hay quienes (los apocalípticos) teorizan sobre la decadencia de la cultura popular y los medios de comunicación de masas y otros (los integrados) que se dedican a actuar.

También hablamos de Marshall McLuhan, otro gurú de la comunicación, famoso por soltar a fines de los años setenta del siglo pasado su emblemática frase «El medio es el mensaje». Para este teórico canadiense, el contenido es también otro medio. Por ello, señala que «el contenido de la escritura es el discurso, del mismo modo que el contenido de la imprenta es la palabra escrita, y la imprenta, el del telégrafo». Para muchos, McLuhan constituye el profeta que vio venir internet.

A ambos los ubicaba desde mi época universitaria. Pero no a otro semiólogo: Charles Morris, fundador de la psicología social, del que nos habló con similar pasión. Morris fue un ingeniero que, tras obtener un doctorado en Filosofía, devino en académico notable. Signos, lenguaje y conducta (1946) es su máxima obra.

Por supuesto que hablamos de sus casi tres décadas en la Universidad de Lima, su paso como docente por su alma mater, su estancia en el Instituto de Sociogenética de Lovaina, su regreso a Lima, su larga estancia en la UPC y su paso por la Escuela de Gobierno de la USMP. Una vida dedicada a la docencia. Hasta hoy, gracias a las nuevas tecnologías que le permiten seguir dictando desde Ancón a todos los lugares del mundo. En fin, una charla erudita, pero también sentida. Hablamos de mis hijos, del tabaco, del Perú, de mi empresa, de sus sueños y, con especial detenimiento, de sus libros, entre ellos el de Sendero (El discurso de Sendero Luminoso: contratexto educativo) y el que más refleja a nuestra sociedad (Representación oral en las calles de Lima). De tantas cosas hablamos. Pero lo que más feliz me hizo, permítanme la ostentación, fue verlo hojear mi libro. Momento cumbre de un almuerzo soñado.