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Por Pablo Cateriano

Julio 4, 2024

Cómo robarse un país

En pocas semanas, se llevarán a cabo “elecciones” en Venezuela. Entrecomillo la palabra porque todos sabemos que no habrá elecciones. Por lo menos no transparentes, justas ni observadas. Serán una pantomima. A estas alturas, está claro que el vencedor será el actual presidente, Nicolás Maduro. Tiene en sus manos el poder electoral y ha eliminado toda competencia que valientemente apareció. El 28 de julio consolidará su poder. Su omnímodo poder.

Durante los últimos meses he leído innumerables artículos sobre las elecciones en la denominada “Tierra de Gracia” en épocas de Colón. Con pena, lástima y también indignación. Sin la menor ilusión. Algunos optimistas, perseverantes, creían en la posibilidad de verdaderas elecciones, en los posibles candidatos de oposición, en algún resquicio de libertad. Lamento informar que es muy tarde. Maduro nunca organizará elecciones libres. El día que lo haga, pierde y va preso. Maduro —no lo olvidemos— ha sido acusado por la ONU de haber cometido crímenes de lesa humanidad para reprimir a la oposición. Utilizando los servicios de inteligencia, ha violado los derechos humanos, ha torturado y ha ejecutado actos de violencia sexual, según señaló un informe de la organización en 2022.

Hay que recordar, además, que Nicolás Maduro llegó a la presidencia por primera vez con las justas (50,61 % vs 49,12 de Henrique Capriles). El cáncer que sorprendió a su mentor Chávez impidió que el trabajo de sometimiento que ambos habían empezado esté cuajado cuando se produjeron esas sorpresivas elecciones y por eso Maduro estuvo a punto de perderlo todo. Ese susto no lo va a volver a pasar.

¿Cómo así el país más rico y próspero del continente cayó en manos de un par de sátrapas que lo único que han logrado es desangrar y empobrecer Venezuela? Y, por añadidura, propiciar la huida del país de alrededor de ocho millones de compatriotas (dos de ellos en el Perú), el mayor éxodo de la historia en la región. Todos buscando salir de la pobreza, pero también del sometimiento. Se siguió una trama en cinco actos.

Primero. Desarrollar un discurso y mentir. El discurso tiene a los pobres como la principal razón de la existencia del candidato. Todo, supuestamente, se hace por ellos. El típico discurso marxista. Todo vale para ellos. Inclusive mentir. Chávez, recordemos, le dijo tres mentiras al conocido periodista mexicano Jorge Ramos, de Univisión, un día antes de ser elegido: una, que dejaría el poder en cinco años; dos, que no expropiaría nada, que más bien invitaba a los inversionistas extranjeros, y tres, una mentira verdadera: que Cuba era una dictadura (luego se convirtió en su principal aliado ideológico). En sus 13 años en el poder, expropió más de 1,500 empresas, persiguió la inversión extranjera y se quedó en el poder hasta su muerte.

Segundo. Cooptar todas las instituciones públicas que garanticen su permanencia: Congreso, Tribunal Constitucional, Poder Judicial. Y, sobre todo, poder electoral, Eso permitirá organizar elecciones a medida. Visité Nicaragua en febrero de 1990 como observador internacional de las elecciones generales de ese año. Para sorpresa de todos, inclusive para los sandinistas, Violeta Chamorro (54%) le ganó a Daniel Ortega (40%), quien estaba en el poder entonces. El reconocimiento de la derrota demoró mucho, pero fue inevitable. Sin embargo, Ortega ha vuelto (desde 2007 está en el poder). Y ahora sí parece que para quedarse. Si se juntan sus dos períodos, lleva ya 28 años en el poder (tanto como los Somoza, otra familia de dictadores en ese país). Por lo pronto, está siguiendo los cinco pasos acá enumerados. Y creería que en los próximos comicios tampoco le va a volver a pasar lo de los años 90.

Tercero. Invitar a la repartición a las fuerzas armadas y policiales, instituciones a las que les encarga la protección del régimen a cambio de prebendas, como puestos en la administración pública, embajadas, negocios, nombramientos, incorporación de la familia.

Cuarto. Acabar con cualquier tipo de oposición, sea política o periodística. Perseguir, deportar, encarcelar enemigos en nombre de la revolución acusando a todo aquel que se oponga de traidor a la patria, es parte importante del libreto. Como lo es incautar, cerrar, comprar, medios de comunicación opositores. Lo importante es la línea única de pensamiento.  

Quinto. Tener un heredero. Raúl lo fue de Fidel, Maduro lo es de Chávez, y Lilia Murillo lo será de Daniel Ortega. Es la única garantía que el proceso no se detenga. Y por lo visto parece que es cierto. Es quizás la parte más difícil, porque todos estos dictadores se sienten iluminados y son renuentes a ceder un milímetro de poder, aun sea para garantizar la continuidad del régimen que los entroniza o su propia impunidad.

Así es que en breve, lamentablemente, veremos a Maduro fanfarronear sobre su reelección. Y, conforme pase el tiempo, cada vez será más difícil sacarlo. Algo similar pudo suceder aquí en el Perú hace poco, cuando Pedro Castillo intentó darle un zarpazo a nuestra democracia y empezar el trabajo que realmente quería desde un principio y que ocultó, como sus símiles cubano, nicaragüense y venezolano. Aunque en su caso el ocultamiento solo sirvió para sorprender a los incautos, pues fue elegido como candidato de un partido autodenominado marxista, leninista, mariateguista. Pero, a tono con su desastrosa gestión de gobierno y sus escasas capacidades, todo le salió mal. Afortunadamente, nos tocó el “sindicalista básico”, como lo definió uno de sus socios en el poder, y eso terminó salvándonos del infierno bolivariano. Pero no quiere decir que estemos libres. El libreto está ahí.