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Por Pablo Cateriano

Abril 11, 2024

El predicador

Hasta hace unas semanas solo leíamos noticias negativas de Argentina: 150% de inflación, casi 60% de pobres, 10% de indigentes, corrupción, aproximadamente mil pesos por dólar, un déficit fiscal del 3% del PBI, Y el protagonista principal de todo ello era uno solo: el peronista y presidente Alberto Fernández, quién ejecutó el típico plan en el que el estado es el papá bueno que regala el dinero que no tiene. Así, durante su gobierno se subsidió transporte, alimentación, energía, educación, salud, entre otros. En total, tuvo casi 150 programas de subsidios. 

Eso está empezando a desmontarse. El actual presidente, Javier Milei, devaluó la moneda en 50% apenas asumió el mando. Anunció, además, diez medidas con el objetivo de acabar con el caos económico provocado, entre ellas —obviamente— reducir los subsidios al transporte y energía, adelgazar el aparato estatal, suspender la obra pública, eliminar los derechos de exportación y acabar con la publicidad oficial. Y, para defender a los más pobres, advirtió que se fortalecería la ayuda social.

Pero lo que más le duele a los argentinos, sobre todo a muchos de los taxistas con los que conversé, es el fin de los subsidios. No entienden (o no quieren entender) que es una de las causas de su drama, de su nivel de pobreza, de su endeudamiento. Pero uno de ellos sí lo había entendido. Es más, estaba preparado para conversar con sus pasajeros y explicarles el porqué de la tragedia argentina. Para ello tenía tres historias. Una sobre el socialismo, otra sobre la violencia y una tercera sobre el capitalismo. Era un predicador, sin duda. Nada de lo que escuchamos le brotaba de casualidad. Tenía un libreto, muy entretenido, además. Así lo comentamos con mi esposa Milagros al bajar de taxi. Pero vayamos al grano.

Carlos, así se llamaba el protagonista, empezó contándonos que era de origen muy pobre. Tanto, que su madre viuda criaba gallinas para tener huevos y eventualmente carne. Pese a que las gallinas eran de la familia y que él y sus hermanos habían recibido órdenes de cuidarlas, estas andaban sueltas y eventualmente se escapaban. Tras muchas llamadas de atención y no pocas peleas, la mamá tomó una sabia decisión: cada uno sería dueño de un número determinado de gallinas y comería según cada una de ellas produjera. “Es decir, se acabó el socialismo familiar, en donde todos éramos dueños de todo y de nada a la vez. Y se instauró el capitalismo familiar. Nunca más se volvió a perder una gallina. Poco ilustrada, mamá. Pero sabia”, añadió. Y sentenció: “En Argentina recién empezamos a cuidar nuestras propias gallinas”. 

Apenas terminó de hablar, tomó un respiro y volvió a la carga. “Yo fui de izquierda. Mi padrastro, que era un hombre de izquierda radical, me formó en ello. Él andaba con revólver. La dictadura militar de entonces, que usaba la violencia para acabar con la oposición, lo quería muerto. Un día, entre muchos, le pregunté qué harían él y los suyos una vez que tomen el poder. Los mataríamos a todos, me dijo. Es decir, violencia por violencia. Ese día dejé de ser de izquierda”, nos contó.

Ya a punto de llegar a nuestro hotel, empezó con su perorata sobre el capitalismo. “En el barrio jugábamos al fútbol con pelotas hechas con medias. Sólo un vecino tenía pelota de cuero. El día que él salía a jugar con nosotros escogía el equipo, decidía el tiempo, y oficiaba de árbitro. Cuando veía que las cosas no iban como quería, se iba y se acababa el partido. Así es el capital. Así ha pasado en Argentina”, nos dijo con tono crítico. No hubo tiempo para más. Solo llegamos a saber que tenía tres hijos, ninguno profesional, que su esposa trabajaba como empleada del hogar y que era hincha de Boca. Rasgo este último que es infaltable en cualquier argentino, no importa cuál sea su color político.

Carlos es la prueba viva de lo que en nuestra industria, la de las Relaciones Públicas, llamamos vocero. El vocero debe tener siempre claros sus mensajes clave, que pueden ser tres o cuatro. Debe exponerlos con claridad y hasta con pasión. Además, debe saber escuchar y recibir críticas en buena onda. Nunca pelear. Apelar a anécdotas. Obviamente, manejar los temas con solvencia y atractivo para el auditorio. Y, lo más importante: repetir y repetir. Estoy seguro de que Carlos ha repetido esas tres historias a cientos de pasajeros. Espero, para bien de Argentina, que esta vez tengan un final feliz.