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Por Pablo Cateriano

Mayo 8, 2024

El vocero, la pieza clave

«El vocero es quien representa la imagen y los valores de las instituciones y empresas ante sus públicos. Y también quien transmite los mensajes. Debe ser por ello un buen comunicador». Así empieza el capítulo que le dedico al tema en mi libro El arte de ser y parecer, de reciente publicación, y que lleva el mismo título que este artículo. Y añado: «debe transmitir credibilidad, lo más valioso en un trabajo de comunicación». 

Traigo a colación estas citas a raíz del sorpresivo anuncio hecho hace unos días por el Gobierno en torno al nombramiento de Fredy Hinojosa como jefe del gabinete técnico de la presidencia de la República o vocero presidencial. ¿Es esta la solución a los evidentes problemas de gobernabilidad que tiene la presidenta? 

La última vez que se hizo un anuncio similar en el país fue durante el gobierno de Alejandro Toledo. Por unos días, el conocido periodista Carlos Urrutia, quien había sido portavoz de la misión de paz de las Naciones Unidas en Guatemala, ejerció la misma función sin pena ni gloria. Como creo que será ahora. Y es que nunca se puede ni se debe improvisar, aunque las encuestas te empujen a ello. Toledo y Boluarte tienen en común al menos dos cosas, en ese sentido: ser los presidentes con los niveles más bajos de popularidad y creer que enfrentan un problema de comunicación que se soluciona reclutando un vocero mejor que ellos mismos. 

Pero la presidenta no necesita un vocero. Necesitaría recuperar credibilidad. Lo que ocurre es que en su caso eso es algo extremadamente difícil, por no decir casi imposible, dadas las dudosas explicaciones que dio a propósito del affaire de los Rólex, entre otros escándalos. Se podría decir que ha cruzado una línea de la que no se regresa fácilmente. 

Por ello, más que aspirar a recobrar la confianza perdida, quizás deba pensar en mejorar su gestión, impulsar reformas y articular un discurso en torno a cuatro grandes temas de los que sin duda se hablará este año: el alza del precio del cobre, las inauguraciones del puerto de Chancay y del nuevo aeropuerto de Lima, y la cumbre de la APEC que se realizará en nuestro país. Los cuatro conforman un capital de gestión y comunicación que ningún mandatario de la región tiene hoy en su agenda.  A ello debería abocarse. Le permitiría tener un discurso propositivo que hasta hoy no ha tenido. Con ello, además, podría compensar en algo el hecho de no poder brindar entrevistas, en vista de su casi nula capacidad de desenvoltura en ese tipo de escenarios de comunicación, que deberían ser naturales para un político. 

Nada de eso se suple por interpósita persona. Menos en un país totalmente desacostumbrado a la figura de un portavoz presidencial. Eso sin contar que, para más de un constitucionalista, esta figura contradice lo que señala expresamente la Carta Magna, que le atribuye el rol de vocero al presidente del consejo de ministros.

Pero Hinojosa ha debutado ya en el canal estatal. Y lo ha hecho en medio de otro escándalo: la supuesta ausencia de la presidenta durante doce días por efecto de una cirugía plástica. El caso parece ser grave porque involucraría una infracción constitucional. Ante la incapacidad temporal para ejercer la presidencia durante ese tiempo y sin ningún vicepresidente que la sustituyera, debió haberlo anunciado al Parlamento para que su presidente cumpliera esa función.

Como era de esperarse, los periodistas le preguntaron al respecto y el flamante vocero rehusó pronunciarse aduciendo que se trataba de un tema personal. Es decir, sacó el cuerpo. Lo que sí explicó fue su función: ser un canal de comunicación directo con la ciudadanía, que traslada hechos de la presidencia de la república, pero no produce información ni emite opinión. En otras palabras, dijo que no ejercerá ninguna de las facultades propias de un vocero.

Alguien le ha dado un consejo equivocado a la presidenta. Ella no necesita un vocero. Ella necesita ser la vocera, una pieza clave, que lidere y represente su gestión, más aún si ha decidido quedarse hasta el 2026. Ponerse detrás de otra persona equivale a perder más autoridad de la que ya ha perdido. ¿Será que es pedir demasiado?