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Por Pablo Cateriano

Febrero 21, 2024

La decisión más polémica

No recuerdo dónde ni cuándo, pero sí recuerdo quién. Mi mejor amigo del colegio, hincha de la “U” como yo, me contó ya hace muchos años que iba a promover que sus dos hijos pequeños sean hinchas de Alianza Lima. Quería estimular el intercambio con ellos, polemizar inclusive y seguramente hacer más divertidos los fines de semana. La cosa es que la idea me impactó. Tanto, que decidí explorar más en ella.

El ejercicio me llevó a tomar una decisión que me acompañaría toda la vida: mis hijos hombres serían, todos, de diferentes equipos. Obviamente que cuando la tomé no sabía que tendría cuatro.

El mayor es hincha de Universitario de Deportes; el segundo, de Alianza Lima; el tercero, de Sporting Cristal, y el cuarto un buen día me dijo que no sería del Sport Boys, sino que seguiría a Alianza, como su hermano segundo, un crack, dicho sea de paso. Y así terminamos dos de la “U”, dos de Alianza y dos de Cristal (le pedí a mi esposa que se sume a los celestes). Equilibrada correlación de fuerzas.

Como es evidente, vivimos en familia situaciones de mucha pasión. O de nervios. Sea por el Campeonato Descentralizado o la Copa Libertadores de América. Pero no puedo negar que también, cuando mis hijos fueron niños, especialmente los dos mayores, hubo pasajes de tensión entre ellos. La rivalidad entre la “U” y Alianza, que a partir de mediados de los 90 intensificó sus decibeles, al punto de volverse violenta en calles y estadios (algo muy distinto de lo que ocurría cuando yo era muchacho), tuvo algún tipo de correlato en casa. Hubo enconadas disputas. Confieso que por momentos dudé si, además de polémica, había tomado una decisión equivocada. O ingenua, acaso inspirado también en mis visitas al Estadio Nacional a ver tripletes, en los que convivían las distintas hinchadas en un mismo recinto, lo que le daba color y emoción al espectáculo. 

De modo que, en esos años, más de una vez tuve que intervenir y mediar para calmar las aguas. Me tocó hacerles ver que la pasión por un equipo de fútbol, que es sin duda lo que hace de este deporte algo único e inmensamente popular, debe tener límites, que finalmente es solo un juego, que siempre deben primar el respeto, la calma y las buenas maneras. Sin quitarle nada de ganas ni entusiasmo. Y que sigan a sus equipos con pasión, como hinchas que son, pero también sabiendo que al rival se le respeta. Así tenía que ser en casa y fuera de ella.

Me complace decir —vistas las cosas ahora que todos mis hijos son adultos— que el saldo de la decisión que tomé es absolutamente positivo. Incluso, que aquellos pasajes de crispación cumplieron una función. Fueron formativos, pues nos ejercitaron (a mis hijos y a mí) en una regla de conducta personal, que muchas veces escasea en nuestra sociedad y, de un modo particular, en el mundo del fútbol: el respeto irrestricto por el otro, sin que ello implique renunciar ni claudicar a nuestras propias convicciones. 

Vivimos hoy en el país un episodio más del desborde de las rivalidades futbolísticas. El tema es muy amplio y nada fácil, así como lo son los caminos de solución, por lo que no pretendo abordarlos en este momento. Solo a partir de lo experimentado en mi propia familia, puedo decir que el peso y lugar que debemos dar a cada asunto en la vida, así como el respeto a los demás, se aprenden en el hogar, día a día. Y que a veces cuesta, pero vale inmensamente la pena. Pero por variadas y complejas razones, el contexto familiar no apunta en esa dirección para la mayoría de los que se enfrentan a pedradas y balazos por una rivalidad futbolística y siegan vidas. Por ello, sin abandonar lo punitivo cuando corresponde, el problema de fondo tiene que ver con lo formativo. Hay ahí una inmensa y larga tarea por hacer, que aún no se ha empezado a encarar. 

Regresando a casa, hoy cuando nos juntamos todos y navegamos en la misma dirección es cuando juega Perú. Y hasta hace poco así ha sido en el país también, ahora que lo pienso. Ahí sí mis cuatro hijos se funden en uno solo. Como en la foto que acompaña esta nota, tomada en las calles de Lima el día que nos clasificamos al Mundial de Rusia. El día que tocamos el cielo.

Así es que, aunque polémica, creo que tomé una buena decisión. Que obviamente volvería a tomar. 

Un dato adicional: mis cuatro hijos también volverían a ser hinchas de los mismos equipos.