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Por Pablo Cateriano

Junio 20, 2024

La feria feliz

Perdí el avión a Jauja. Así es que cambié media hora de vuelo en avión por ocho en carretera. Pero no podía dejar de ir a la FELIZH (Feria del Libro Zona Huancayo), a la que estaba invitado gracias a la iniciativa de mi editorial, Penguin Random House, y a la hospitalidad de los organizadores, Willy Mateo Cisneros (presidente y fundador) y Doris Moromisato (directora cultural).

El pasaje aéreo, por alguna de esas razones que nadie entiende, no apareció en mi smartphone. Bajé al counter de la aerolínea y le expliqué mi caso. Me pidieron mi DNI y luego de unos segundos me dijeron: “No hay ningún Cateriano en ese avión. Y el vuelo está lleno”. Apesadumbrado y algo nervioso, he de reconocerlo, me fui a comprar uno nuevo para ese mismo día o para el día siguiente (día de mi presentación). Nada. Todo lleno. Es la feria, me dije. Así es que en ese minuto decidí irme por tierra.

Llamé a Martín, colaborador mío en Métrica, y le pregunté si es que podría acompañarme a Huancayo en mi camioneta. Tras su inmediato sí, empecé a preparar unos sánguches para el viaje. Había pasado un par de horas de mi impasse en el aeropuerto. Eran las 7 de la mañana, aproximadamente. Todavía con algo de tiempo como para salir de Lima sin mayores contratiempos. Pero al llegar Martín a casa se dio cuenta de que, por apurado, salió sin documentos. Así es que, vuelta a su casa.

Ya pasando el desvío a Santa Eulalia el tráfico empezó a ser más fluido. Y la vista más amigable. La carretera está impecable y su cuidado, también. En este punto, el MTC está haciendo bien su trabajo, así como la Policía Nacional. Lamentablemente, ha quedado muy estrecha para la cantidad de buses, camiones y autos que circulan por ahí. Recordemos que fue terminada hace casi cien años (la empezó Leguía y la inauguró Benavides, en 1935). 

Hoy hay un proyecto para construir la nueva carretera central, que es considerado el más ambicioso de nuestra historia. 185 kilómetros (33 de ellos a través de túneles y 19 de viaductos), 4 carriles y 24 mil millones de soles de inversión. Ojalá. La idea es empezar en 2026 y terminar en 2031.

Por ahora, disfrutamos de un fantástico paseo bordeando el río Mantaro, que lamentablemente está contaminado por decenas de mineros informales asentados por todo el camino, o en sus orillas o socavones en lo alto de los cerros. Seguramente ninguno con Estudio de Impacto Ambiental (EIA) aprobado, como se le exige a las mineras formales. Una pena, pero también un escándalo.

Bajando Ticlio, veo el tajo abierto que Minera Chinalco le ha hecho al cerro Toromocho (4,500 m. s. n. m.). Me emociono. He participado de esa historia desde sus inicios. Y aún sigo siendo parte de ella. Es la mina más importante de la región, la que más aporta al fisco y la que más ha hecho por los huancaínos desde que inició sus operaciones. Unos kilómetros más adelante, observo Nuevo Morococha, el pueblo que construyó la minera e inauguró en 2012, dotado de una serie de servicios que no tenía el pueblo original: planta de tratamiento de agua y desagüe, luz, centros educativos, mercados, coliseo, estadio  parques y jardines. Más de mil viviendas para alrededor de cinco mil personas.

Ya en Huancayo, asistimos con mi esposa Milagros y mi cuñada Rocío (a ellas no les falló el smartphone y pudieron viajar en avión) a la ceremonia de inauguración de la XIV feria del Libro Zona Huancayo (FELIZH). El auditorio estuvo repleto de gente ávida por saber qué viene, pues había cincuenta mil libros en oferta, ciento veintisiete actividades culturales en trece días y doscientos escritores. Casi nada.  

Conocí posteriormente al responsable de todo: Willy Mateo Cisneros, un destacado empresario inmobiliario huancaíno que tuvo la feliz idea (surgida tras ver el éxito de la Feria Ricardo Palma en Lima) de crear la feria hace casi quince años, hasta convertirla en un referente regional. Han participado en estos años personajes como Mario Vargas Llosa, Jorge Edwards, Alonso Cueto, Fernando Ampuero, Oscar Colchado, entre otros. Al principio todo el costo lo asumía Willy. Hoy, afortunadamente, varias empresas privadas e instituciones como la Cátedra Vargas Llosa colaboran en la organización.

Ya en la tarde, y luego de conceder algunas entrevistas promovidas por Yuri Boris Parra, corresponsal de Métrica en la ciudad,  me tocó exponer sobre mi primer libro: “El arte de ser y parecer. Cómo construir y cuidar la reputación empresarial”. Me acompañó en la mesa mi colega huancaína Angela Arias Huatuco. Con ella di cuenta de los aspectos más importantes del libro. Desde su concepción, pasando por el cuidadoso trabajo que realizamos con el equipo de Penguin Random House (Luis Yslas y Fiorella Bravo Arias) en la recta final, hasta la enumeración y explicación de los capítulos. ¿Quién es Edwad Bernays, el hombre que sistematizó todo hasta llegar a llamarlo Relaciones Públicas? ¿Cómo se prepara un plan de comunicación? ¿Cuál es la importancia del vocero? Fueron algunas de las inquietudes absueltas. Y la ética, el mundo digital, las crisis de reputación, entre otros, algunos de los temas abordados.

Fue realmente grato compartir una hora con un público hambriento de conocimiento. Y más grato aún, autografiar algunos libros luego de la presentación. También lo fue comprobar que el sueño realizado de Willy Mateo Cisneros debería ser el de muchos otros peruanos. Necesitamos más hombres como él. Empresarios exitosos y desprendidos, que no sienten que el mundo de los negocios está divorciado de la promoción de la cultura. En su caso, implicó una apuesta económica sin retorno inicial. Todo por su tierra y su gente. Hoy se pueden ver los frutos. Debería suceder lo mismo en otros puntos del país. Nuestro principal emporio turístico, Cusco, por ejemplo, merecería tener también otro foco cultural como el que tiene Huancayo, gracias a Willy Mateo Cisneros. 

¡Ah, me olvidaba! El smartphone funcionó al regreso y volví a Lima en avión.