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Por Pablo Cateriano

Enero 9, 2024

Mi primer cliente

Hace casi 25 años dejé el periodismo y me aventuré a un emprendimiento en el entonces incipiente negocio de la consultoría en Relaciones Públicas en nuestro país. Sabia decisión. Aunque llena de temores, imprevistos y problemas. Pero con resultados ampliamente positivos. 

La industria como tal era muy poco conocida. Se contaban con los dedos de las manos las empresas dedicadas a la actividad. Gracias a la apertura de nuestra economía, años antes habían llegado una consultora española y otra chilena a acompañar a los primeros inversionistas extranjeros que, después de décadas, venían a apostar por el Perú, por su estabilidad, por su respeto a la ley, por su futuro. Y a ellas se sumó un puñado de compañías peruanas que recién empezaban a operar como tales, dejando de lado las aventuras personales de sus fundadores.

Empecé, como todos, de cero. Tenía experiencia periodística, una excelente red de contactos y algún conocimiento de la actividad por la universidad y por el trato que mantuve desde el canal de televisión en el que trabajaba con algunos de los directores de las empresas consultoras. Uno de ellos, mi amigo desde la época del desaparecido diario La Prensa, Freddy Chirinos, me acogió –previa conversación con su socio, Pedro Salinas– en la recién nacida consultora que ambos habían formado: CHISA. Con mi incorporación como asociado, se agregó la C de Cateriano y pasó a denominarse CHISAC.  

Creí, ilusamente, que todo marcharía sobre ruedas muy rápidamente. Craso error. A pesar de haber hecho una inmensa lista con todos mis amigos y conocidos de la época de la televisión, a los que visité uno a uno, no conseguí una sola cuenta de aquellas grandes firmas a las que anhelaba asesorar. Ni una sola.

Mi primer cliente lo conseguí, como casi la totalidad a lo largo de estos años, por referencia. En efecto, fue mi gran amigo Enrique Blondet, carismático y extraordinario chef, quien le habló de mí a Fernando Puga, flamante dueño del afamado restaurante La Rosa Náutica, sin duda el más emblemático de la ciudad. El restaurante venía de una mala época: su fundador, Carlín Semsch, lo perdió frente al banco y este, una vez tomado, lo alquiló. Afortunadamente, el banco decidió venderlo. Y, también afortunadamente, lo compró Fernando, exitoso hombre de negocios. Él me contrató. No fue entonces una multinacional, una lovemark, una minera, mi primer cliente. Como yo lo había soñado. Fue un restaurante. Un gran restaurante, eso sí. 

La idea era relanzar La Rosa Náutica. Para ello, no solo había que invertir en las instalaciones y en mejorar la carta (para eso estaba Enrique), sino además había que crear actividades que la hicieran apetecible visitar (para eso estaba yo). Y así fue como organizamos el primer festival de la trufa en Lima; llevamos a cabo una temporada de comida hawaiana en homenaje a la flamante campeona mundial de tabla, Sofía Mulánovich; invitamos al alcalde de Lima de entonces, Luis Castañeda Lossio, a preparar un ceviche en vivo frente a las cámaras de televisión a propósito de los 20 años del restaurante, entre otras actividades. La pasé súper.

Cuarenta años después de fundada, La Rosa Náutica sigue renovándose, continúa siendo un ícono de la ciudad y prosigue recibiendo centenares de comensales al día (principalmente turistas). Para los limeños es un orgullo; para mí, un gran recuerdo profesional y un lugar al que siempre disfruto volver. Como la copa conmemorativa por su vigésimo aniversario que guardo desde entonces y acompaña esta nota. ¡Salud!