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Por Pablo Cateriano

Febrero 28, 2024

“Papá, quiero ser cocinero”

Tengo cuatro hijos hombres, como comenté la semana pasada. Todos exitosos profesionales, afortunadamente. El mayor es abogado y máster en comunicación corporativa; el segundo y el cuarto son ingenieros industriales (uno ya con un MBA y el otro próximo a aplicar). Y el tercero, como yo, comunicador… Hasta hace unos días.

En efecto, Mateo (meatnmatt en Instagram) me preguntó hace unos días si tenía planes para cenar el miércoles, que me quería invitar. Yo le dije que encantado. Pero confieso que me quedé intrigado. No era una invitación habitual, aunque es con él con quien organizo frecuentemente los almuerzos y cenas familiares en casa, en los que nos atiende magníficamente. Esto era algo más formal. Así es que lo comenté con mi esposa. Ella quedó igual de intrigada que yo, por lo que empezamos a divagar. ¿Renunciará a Métrica? ¿Se casa? ¿Necesita algo de dinero para financiar la maestría en comunicación digital que nos había anunciado que quería estudiar en Londres? ¿O acaso adelantará su viaje? Muchas preguntas, ninguna respuesta. A esperar nomás el día de la cena.

“Papá, quiero ser cocinero”, fue lo que me dijo apenas nos sentamos en la mesa del restaurante. Así de directo y de rápido. Sin medias tintas, como es él cuando mira el fútbol. O habla de cocina. Lo miré directamente, me paré y le di un fuerte abrazo. Ambos, emocionados, soltamos algunas lágrimas. Le dije que si esa era su decisión para mí también era perfecto, que en la vida de lo que se trata es de ser feliz y que solo lo lograría haciendo lo que más le gusta, que yo había notado su pasión por las ollas y parrillas. Como toda la familia y todos quienes lo conocen. Algunos amigos míos, que habían probado sus platos en algún momento, me habían dicho al oído inclusive que terminaría poniendo su restaurante, que todo era cuestión de tiempo, que lo tenía prestado en la oficina.

En la época que a mí me tocó elegir qué profesión estudiar, a finales de los años 70 del siglo pasado (casi nada), hubiera sido un hecho traumático que dijera que quería ser cocinero. No porque mis padres no hayan sido personas con amplitud de criterio ni capaces de apoyar las iniciativas de sus hijos, sino porque las circunstancias eran totalmente diferentes. Aún la gastronomía no era una verdadera opción profesional en el país. Todavía no surgía esa brillante generación de geniales cocineros, encabezada por Gastón Acurio, que ha situado a la cocina peruana como baluarte cultural y auspicioso sector económico. Gastón había tomado la decisión de seguir ese camino, fuera del país, sin revelarlo inicialmente a su padre, político de viejo cuño que seguramente aspiraba a ver a su hijo convertido en un hombre de leyes. La historia la ha contado él muchas veces y, aunque no estuvo exenta de dilemas personales y familiares, lo importante es que tuvo un final feliz. Afortunadamente para todos, puedo decir ahora con absoluto conocimiento de causa.

Quien hoy tiene una vocación firme por la cocina no necesariamente debe resignarse a tramitarla como una afición de fin de semana. Tampoco debe enfrentarse al reto de ser el pionero, aquel que nada contra la corriente. Un rol que no todos están llamados a cumplir. Hoy la duda y el desafío quizás sean otros. Hay que ser muy bueno y tener certeza, porque el campo ha crecido tanto en las últimas décadas que hay que enfrentar una enorme competencia. Una competencia que, por supuesto, celebro y aplaudo. Como sucede en todos los campos de la vida, todos ganamos con ella.    

En lo que se refiere a Mateo, hubo un tema adicional, y no necesariamente sencillo, que sin duda él tuvo que resolver antes de dar el paso definitivo. Estudió comunicación, como yo. Trabaja conmigo. Y eso precisamente fue lo que me dijo durante la larga conversación que vino luego de su anuncio. Que se había demorado en tomar la decisión porque temía desilusionarme, que quería sentir la misma pasión que siente su hermano en la empresa, pero que pese a sus esfuerzos no la llegaba a sentir, que estaba muy cómodo en Métrica, que tenía miedo de dar un paso tan radical, que era un tema que no lo dejaba dormir. Y así una larga lista de cuestionamientos, de los que finalmente se sentía liberado. 

Si me permiten, hay una suerte moraleja en esto último. Las decisiones más gravitantes suelen implicar algún tipo de dilema o cuestionamiento personal. Acaso deba ser así para que tengan raíces firmes y más adelante podamos encarar mejor los problemas que seguramente aparecerán.  Por eso, tengo la impresión que esa noche, en esa cena, en esa mesa de ese restaurante, vi crecer a uno de mis hijos. No hacerse más serio y circunspecto, porque él es un tipo ocurrente y divertido, y qué bueno que sea así, que haya encontrado su camino y que se sienta más preparado para enfrentar el reto de reconducir profesionalmente su vida.   

Ya después vino lo menos tenso. Francia y Suiza eran sus lugares soñados. Tenía una lista con los nombres de las escuelas escogidas, sus precios, costos de alquileres de vivienda y manutención y el tiempo de estudios que le demandaría cada una de ellas. Y también un presupuesto. Reino Unido era otra opción. El tono en ese momento era distinto, el sueño largamente aplazado estaba por concretarse.

La noticia causó gran alegría en la familia. Y también entre sus amigos. Todos estamos absolutamente seguros de que la cocina es su verdadera pasión. Aunque en su momento  él no lo vio así. Creyó en una profesión más formal. Pero nunca es tarde para volver a empezar. Me pasó a mí también cuando dejé el periodismo a los 40 años para dedicarme a las Relaciones Públicas (aunque el cambio no fue tan radical, a decir verdad). Y le pasa a muchas personas todos los días, por diferentes razones. Hay, sin embargo, un rasgo distintivo entre quienes dan el salto que se resume en una palabra: agallas. ¡Felicitaciones por las tuyas, querido hijo!